Los oasis también son efímeros

Siempre llevé con orgullo mi relación con Mediona. Como activista LGTBIQ, a donde quiera que fuera, la ponía de ejemplo. Era un oasis en medio del desierto, un lugar donde poder mostrarte sin esconderte ni disimular, vivir en pareja y expresar muestras de cariño sin tener que dar explicaciones, donde la pluma era bienvenida y vestirte con falda, como acto de rebeldía, era sólo eso, un acto de rebeldía y no un motivo de insulto, un lugar donde organizar cabarets queer y recibir aplausos.
 
Aquel amor al pueblo lo constato en la dedicatoria de mi libro La Venus Calva, en el monográfico Tal com som de La Fura, en la entrevista que Javier Gallego me hizo para el programa de radio Carne Cruda, en diversos artículos, charlas, clases, reuniones de trabajo, planes de igualdad… Durante el proceso de elaboración del libro 10 Ingobernables de June Fernández, en el que yo soy “la Virginia Woolf de Mediona”, uno de los objetivos de June, como buena periodista que es, consistió en intentar descubrir alguna grieta que derribase ese muro aparentemente infranqueable que protegía de homofobia aquel supuesto paraíso. Finalmente tuvo que admitir que lo que yo le contaba, mi cuento de hadas, aunque tuviera mucho de realismo mágico, era real, que los espejos de Alicia no eran los padres, que existían de verdad, y una podía vivir en paz.
 
Pero yo ya advertía. Esto no está pasando en el pueblo de al lado, esto es aquí y ahora, y mañana puede cambiar todo, o quizá en este mismo sitio existan otras personas que lo estén pasando mal y no nos enteramos porque da vergüenza hablar de ello, porque prefieres no renombrar lo doloroso, tienes miedo de las reacciones, de la revictimización, de ti misma, de todo. ¿Os suena? Sí, hablamos de lo mismo, de feminismos. No quería decir que llevo más de un año sufriendo acoso, no quería por vergüenza, por miedo, y porque creía que era fuerte y podía con todo, y tenía que dar ejemplo. Pero no, las personas fuertes, de repente, nos podemos volver frágiles, como en el pasado, como ese niño al que le daban palizas después de cantar y bailar por la Carrá. Últimamente se están difundiendo campañas de sensibilización sobre salud mental, sobre cómo salir del armario sin que te llamen loca. De eso sabemos mucho las maricas. Yo creía que si alguien me llamaba maricona por las calles me sería fácil defenderme, recoger la piedra y devolverla o hacer con ella una flor en forma de tocado para colocarla grácilmente entre el cabello. ¡Con lo empoderada que es una!
 
Pero a veces sucumbes, porque seguramente en esos momentos no estás bien por otras circunstancias. Y ahí, justo en ese instante de inseguridad, aparece la grieta. !Ahí estaba, June! Y entonces te preguntas si el oasis estará evaporándose o si no era más que un espejismo. No sé si será por las pastis que me han recetado, pero me gustaría pensar que no ha desaparecido y sólo está en peligro de extinción y que, como el lince o el ave fénix, resurgirá de nuevo. Porque la solución es sencilla, basta con que aprendamos que respetar a los demás, sean parecidos o diferentes, es algo tan fundamental y necesario como respirar.
 
Y si no lo conseguimos, al menos que las pastis se las tomen los otros, los homófobos, machistas, agresores, porque son ellos los que tienen un problema. Es agotador ser siempre Supermana. A veces es necesario parar y reconocer que estás débil (eso también es empoderamiento), que no todos los días puedes ser unos cascabeles, y que, por una vez, eres tú la que tienes que pedir comprensión, paciencia y ayuda, pedir que entre todas alimentemos nuestros oasis, para que no desaparezcan del todo.
 
JUANITA MÁRKEZ
Artista y activista antifascista